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Como las gotas de lluvia caen en el mar. Por María del Mar Hermoso


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Sábado 29-Oct-11 | 301 Visitas | 0 Comentario(s)

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Relato: EL RESTO DE MÍ

Capítulo 1.

-¿A nombre de quién está la reserva del hotel, por favor?, preguntó Rafael, el recepcionista,
con su voz cálida y amable.
- Soy Demi, ¿no me recuerdas, Rafael? La señorita Demi Otser.
Al oír la voz tantas veces escuchada, el recepcionista subió la mirada y sonrío.
- ¡Qué alegría verla con nosotros un año más! – y se abrazaron – ¿Y su hermana, la señorita Alexandra Studer, no viene también?
- No podrá acompañarme este año. Está de viaje humanitario en África con Medicus Mundi, forma parte de los médicos españoles que atienden a grupos de refugiados en Kenia.
-¡Qué generoso por su parte!, dijo Rafael, yo no iría ni por el sueldo de 1 año entero. Demasiado riesgo de morir en atentados, una bala perdida, un mal virus, ¡tantas cosas!.
-Ni yo, Rafael, ni yo. Y ella lo hace sin cobrar un solo euro. Pero el destino de las personas está escrito en las estrellas y en el viento. Ella es feliz viajando a África cada uno o dos años, y ayudando a los que nacieron en la parte mala del mundo. Podríamos haber sido nosotros. Pero para conocer la realidad hay que ser valiente e intuitivo, hay que leer entre líneas la verdad de las mentiras.
-Entre líneas, o en sentido inverso, como hacen los chinos, añadió riendo Rafael.
-Es cierto- añadió de repente la otra recepcionista, una bella italiana de ojos verdes y piel marrón chocolate, con su nombre inscrito en la placa de la solapa: Allegra- Ja,ja,ja, los mismos nombres propios son juegos de palabras llenos de múltiples significados: polisemias, antonimias, sinonimias; nos marcan para toda la vida, y sólo hay que saber leerlos. Durante mis años universitarios hice un curso sobre juegos de palabras: acrónimos, acrósticos, y todo tipo de jeroglíficos y mensajes ocultos tras palabras aparentemente normales; formaba parte de la asignatura de Literatura del siglo XX. Ja,ja,ja. Era divertido.
-Aquí tengo su reserva, 4 días a nombre de la señorita Demi Otser, confirmó Rafael.
- Ésa es. -dijo Demi – Estoy de acuerdo contigo, Allegra, sólo hay que saber leerlos. ¿Es tu primer año en este hotel, verdad? – Demi se dirigió a Allegra en italiano, un idioma que aprendió durante un máster de 2 años sobre Pintura Italiana en Milán, años atrás.
-Sí, soy de la región de Véneto, y llegué a España por amor a un español que hoy es mi marido. Estudié Turismo en Roma y ejerzo ahora como recepcionista de este hotel. Llevo 8 meses.
-¿Ves, Rafael? El destino está escrito en las estrellas y en el viento. Él sopla en nuestro oído cuál será nuestro siguiente rumbo.
- Discúlpeme, señorita Otser, Pero yo para eso miro mi GPS. Y mi mujer es española y de Málaga, como yo, por eso somos iguales en todos, y nos queremos como el primer día, aunque hemos pasado nuestras crisis, pero nos queremos; somos felices. En la vida hay que ir sobre seguro, aventurarse es quedar a la deriva.
-Ja,ja,ja, -rieron a la vez ambas mujeres. -Pero el amor sopla donde y como quiere, y la felicidad no tiene carnet de identidad ni es patrimonio de una cultura, ni de una geografía, ni de ninguna raza o clase social.
- ¡Qué jóvenes sois las dos! ¡Si yo os contara cuántas cosas he visto en esta vida…!
-¿Y has visto Venecia? ¡Oh, Venecia, la más bella flor del Adriático!, dijo Demi con nostalgia.
- Mi mujer y yo celebramos allí nuestros 25 años de casados. ¡A ver si llegamos a los 50!
-¡Mmmm¡, Venecia y sus carnavales son la más exquisita celebración de la vida: escultura, pintura, arquitectura, música, y, por supuesto, la alta costura, los más sofisticados disfraces y joyas.
-Yo estuve allí con Edgar, mi novio, justo hace unos meses. Nunca lo olvidaré –añadió Demi- Me pidió en matrimonio en una góndola mientras nos acompañaba un cantante de ópera que habia contratado Edgar, y que entonó mis canciones románticas favoritas. Nunca lo olvidaré. Oye, Allegra, ¿por qué no subes en media hora a mi habitación y te enseño las fotos? Así nos reiremos un poco por la suerte de haber vivido en esa extraordinaria joya del mar. .. Y tutéame, por favor, somos casi de la misma edad.
-Oh, gracias, Demi, ¡qué amable! Puedo pedir 5 minutos de descanso y aprovecharé para ir a tu habitación.

Mientras hablaban, los oscuros nubarrones pasaban a ritmo monótono, chocándose con las gaviotas que revoloteaban cada vez más alto, buscando un lugar seguro donde refugiarse de la lluvia de un agonizante final de verano sobre las playas de Marbella, intentado encontrar un borde en lo más alto del faro, ya a punto de encenderse e iluminar a tantos barcos y barcas en su recorrido nocturno, unos en viaje de placer, otros en busca de los frutos del mar que les asegurasen el sustento. Lo que a Demi le daba la seguridad de estar ya en casa, de que nada malo o imprevisto podía suceder era no sólo el hotel, sino aquel faro azul y blanco, que tantos paseos de Demi y Edgar sobre la arena había presenciado durante años. Faro y hotel eran sustitutos de lo que nunca había tenido antes; le proporcionaban el calor que ni ella ni su hermana Alexandra, ya casada, pudieron encontrar en un hogar roto muchos años atrás por un padre maltratador y una madre dulce y sumisa que aguantó estoicamente hasta que Dios decidió llevarse con Él al causante de todas sus desdichas. Para entonces, la madre entregada era sólo la sombra de lo que pudo haber sido si se hubieran dado otras circunstancias, y esta raíz en que nacía su vida emocional causaba en Demi un miedo abstracto, como una temida sombra sobre el porvenir que, tarde o temprano, regresaría en busca de lo que consideraba suyo, de lo que siempre le perteneció. Estaba en medio de estos recuerdos trágicos de su infancia y juventud, cuando vio que la orilla del mar ya se dejaba acariciar por las finas gotas de lluvia. El agua, el mar del Mediterráneo era su verdadero hogar. Volvió a fijarse en Allegra (¡Qué nombre tan bien escogido!, pensó, ¡está llena de ilusión!… Tal vez sea eso, la importancia de un buen nombre…de un buen disfraz para enfrentarte al mundo, de un alter ego que proteja el corazón de los vaivenes caprichosos…). Allegra, que acababa de entregar las llaves de la habitación a una pareja de ancianos jubilados que pasaban allí la celebración de sus bodas de oro, se acercó a Demi y continuó la conversación sobre Venecia. “´Sí, y las mejores máscaras venecianas las encontrarás en….” De repente, el recepcionista español interrumpió la charla de las dos mujeres con su inconfundible acento malagueño. -Señorita Demi Otser, su reserva está confirmada. El botones la acompañará a su habitación en la planta 7, como todos los años, ¿verdad?
-¡Qué buen recuerdo nuestro tienes! Le diré a Alexandra que has preguntado por ella; siempre sueña con visitar Marbella a finales de Septiembre, y con alojarse en la misma planta, y saludaros a todos; ¡nos tratáis siempre tan bien; sois como otra familia! Desde esa planta disfrutamos de la luz del faro por las noches. Y en las mañanas soleadas, nos encanta desayunar en la terraza de la suite mientras observamos ese inmenso mar que separa la costa malagueña del otro continente y su borde casi se atisba en el horizonte; un mundo tan cercano y tan lejano al nuestro. ¡Qué vida tan injusta para algunos y tan fácil y regalada para otros! Me recuerda a los esperpentos de Valle Inclán y a las pinturas negras de Goya. A veces creo que no hay salvación posible para la humanidad.
Rafael la escuchaba mirándola, casi de puntillas; le parecía que Demi, a pesar de estar comprometida con el heredero de una de las familias de empresarios más importantes de Gran Bretaña, a pesar de la pedida de mano en la góndola con música entonada por barítonos contratados para crear el marco perfecto, le parecía a Rafael que, aún así, Demi estaba más triste que nunca, más decepcionada que nunca. Ni siquiera cuando perdió aquel ascenso laboral en Marbella, un trabajo para desarrollar su creatividad en distintas áreas (pintura, literatura, música), para el que estaba sobradamente preparada y que le habría permitido fijar su residencia en la misma ciudad de Marbella, el sueño de toda su vida, ni siquiera entonces Rafael la había visto así; ahora tenía la mirada perdida en el inmenso ventanal de la entrada al hotel, los ojos fijos en aquellos tercos nubarrones casi negros que se alejaban con mayor rapidez aún que las gaviotas, a las que parecía envidiar en su rumbo a punto ya de alcanzar el faro, aquel faro blanco que brillaba encendido en la lejanía, como único refugio posible ante la inminente tormenta. Rafael prefirió interrumpirla de nuevo para devolverla a la realidad del hotel, a ese lugar ameno sobre el que tanto había escrito Demi en sus artículos filológicos sobre novela pastoril, a ese lugar donde todo eran certezas y seguridades afectivas.
-Ya está aquí el botones.
-Rafael, por favor, me gustaría que me subieran una fondue de chocolate blanco y negro con fresas, piña y mango troceados, y también una botella de champán.
- En 5 minutos lo tendrás todo en tu habitación, suite 707. Que tengas una feliz estancia, Demi.
-Gracias por todo. Sabéis que os quiero de verdad y que, cuando no estoy en vuestro hotel, os llevo siempre en mi pensamiento… y en mi album de fotos. ¿Será posible que Allegra suba en media hora, Rafael? Es encantadora y me contagia su optimismo y su risa. No será más que un ratito, para enseñarle las fotos de Venecia y de Edgar.
Demi dijo esta última frase como una súplica desde el fondo de su corazón, casi como una llamada desesperada de auxilio. Y Rafael lo notó. Llevaba 30 años como recepcionista en uno de los mejores hoteles de la Costa del Sol, el Marbella Sunshine, y conocía a aquéllas dos hermanas como si fueran sus propias hijas. Demi era la más vulnerable, y por eso accedió a su petición.
- No te preocupes, Demi, no esperamos más reservas hasta mañana a primera hora
y la recepción estará tranquila durante la noche. Le daré permiso a Allegra.
- Muchas gracias, Rafael, – y le dio un beso en la mejilla y un abrazo emocionado-. Hasta mañana entonces.
Y se marchó hacia el ascensor, acompañada del botones, que cargaba sus 2 inmensas maletas y varias bolsas con logos de franquicias caras, lo que dejaba entrever que, antes de regresar al hotel de toda la vida, había pasado una tarde de compras en la milla de oro marbellí.
Antes de que Demi y el botones quedaran ocultos tras las enormes puertas de oro con celosías labradas, Rafael creyó ver en el rostro de Demi unas lágrimas cayendo por debajo de sus gafas de sol de marca Gucci. La vio abrir el bolso de piel de serpiente en tonos violáceos y rosados, un último modelo de Dior -pensó para sí el botones, acostumbrado a la clientela más selecta-, y de allí sacó un pañuelo blanco bordado en marfil con el que Demi a penas acertaba a secar sus lágrimas. Fue entonces cuando Rafael, que tantos veranos la consolara por el maltrato del padre. tuvo un mal presentimiento. Y comprendió que algo terrible acaba de pasar para que esa niña que fue capaz de superar una adolescencia y juventud llena de humillaciones paternas hasta convertirse después en esta mujer adulta cariñosa y de modales exquisitos, llena de talento y con un gran atractivo sexual, esta vez hubiera llegado a su hotel más herida y trémula que nunca, más perdida y oscura que nunca, más bella y sensual también. Y Rafael sabía la causa de su regreso. Porque Demi venía buscando su único refugio posible; hasta él la llamaban la luz brillante del faro, el vaivén de las olas del mar, el graznido de las gaviotas, y ese olor a sal que distinguía desde que bajó las escaleras del avión. Venía a cumplir el destino que las sirenas le susurraban desde hacía tiempo. Y que con pulso sensible había retratado en sus pinturas al óleo. Rafael las había visto todas. Y al verla secándose las lágrimas a través de las exquisitas celosías de oro que formaban la puerta del ascensor, recordó todas sus pinturas. Y tuvo un mal presentimiento.

http://www.canal-literatura.com/BLOG/fotos/mono3.jpg

(continuará)

Dedicado a Amy Winehouse. A todos los perdedores del juego del amor.

María del Mar Hermoso
Derechos registrados
Foto:S.O.S. Autor PULO.  http://loscuatroelementos.wordpress.com/

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