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Dylan Thomas: El ratón y la mujer


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Sábado 2-Jul-11 | 393 Visitas | 0 Comentario(s)

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1

En los aleros del manicomio, el piar de los pájaros anunciaba la llegada de la primavera. Ni siquiera un loco que aullaba como un perro desde un cuarto de la planta más alta lograba perturbarlos, y no cesaron los trinos y los cantos ni siquiera cuando alargó las manos entre los barrotes de su ventana, muy cerca de donde anidaban los pájaros, para desgarrar el cielo con los dedos. El aire traía hasta el edificio blanco y los terrenos aledaños un aroma de frescor. Por la tapia que lo separaba del mundo, el manicomio asomaba las verdes manecillas de sus árboles.

En los jardines estaban sentados los pacientes contemplando el sol, las flores o la nada; si no, paseaban con sosiego por los senderos de gravilla que crujían estremecidos a su paso. Eran céspedes y parterres donde cabría esperar que correteasen sin hacer el menor ruido los niños vestidos con trajes de colores. En todo el edificio reinaba una dulce expresión, como si allí tan solo se supiera de las cosas amables de la vida y de las emociones discretas. En una de las habitaciones del centro se encontraba un niño que se había seccionado los pulgares con unas tijeras.

A un lado del sendero principal, que unía la verja con el edificio, y un tanto apartada de él, una niña con los brazos en alto hacía señas a los pájaros. En vano intentaba seducir a los gorriones moviendo sin cesar sus dedos diminutos. Tiene que ser primavera, dijo. Los gorriones cantaban exultantes, pero al poco dejaron de cantar.

Volvió a resonar el aullido desde aquella habitación de la planta alta. Apresado entre los barrotes de la ventana aparecía el rostro del loco. Abría la enorme circunferencia de la boca y se desgañitaba contra el sol a la vez que escuchaba las inflexiones de su voz con atención despiadada. Tenía la mirada perdida, los ojos clavados en el césped, y percibía la rotación de los años que retrocedían tenuemente. Dejó de existir el jardín. Los barrotes de hierro se derretían bajo el sol. Como una flor, se abrió con un latido una nueva habitación.

2

Se había despertado todavía en las tinieblas, y ahora escrutaba en la fina piel del cerebro el sentido del sueño, de modo que por debajo de cada uno de sus símbolos surgiera una claridad y un sentido distintos de los demás. Sin embargo, había símbolos olvidados, símbolos que habían desfilado muy deprisa por encima de un crujir de las hojas secas, los gestos de las manos de una mujer que algo deletreaban en el firmamento, una lluvia fina, el rumor del viento. Recordaba el óvalo de su rostro y el color de sus ojos. Recordaba el tono de su voz, pero no tenía la menor idea de lo que había dicho. Había paseado algo cansina por un mismo trecho de hierba. Todo lo que había dicho cayó con las hojas secas, y aún hablaba en el viento cuyo hermano golpeteaba las cristaleras como un viejo.

En una enloquecida tragedia de un griego había siete mujeres de idéntico rostro, cada una de ellas coronada por un halo de cabellos enloquecidos y negros. Una por una habían pasado sobre la hierba y habían desaparecido después. Le habían mostrado al volverse aquella misma cara, insufriblemente angustiada por el dolor.

El sueño había cambiado. Allí donde estuvieron las mujeres se abría una avenida flanqueada por los árboles. A uno y otro margen, las ramas de los árboles se vencían y entrelazaban las manos, y todo se tornaba un bosque siniestro. Se había visto a sí mismo absurdamente desnudo; se había visto caminar hasta las últimas profundidades del bosque. Al pisar una rama seca sintió una mordedura.

De nuevo encontró el rostro de la mujer. Aquel rostro fatigado era todo lo que había en el sueño. Los detalles que iban cambiando, los celestiales cambios del sueño, los árboles vencidos por su peso y las ramas que lanzaban dentelladas aquí y allá, todo lo demás no pasa de ser sino la trama de su delirio. No era la sombra enfermiza del pecado lo que enturbiaba su rostro, sino la enfermiza sombra de no haber pecado jamás y la culpa de no haber estado nunca bien.

Encendió la vela de la mesilla de madera que tenía junto a la cama. La llama confundió las sombras de la habitación y extrajo de la oscuridad figuras humanas deformadas. Oyó el reloj por vez primera. No había oído hasta entonces otra cosa que el viento del exterior y los claros sonidos de invierno del mundo nocturno. Sin embargo, el ligero tictac se sentía como el corazón de un ser que allí estuviera oculto. Ya no oía a los pájaros de la noche. El sonoro reloj ahogaba su llanto, o acaso el viento conmoviera gélidamente los entresijos de sus plumajes. Recordó los negros cabellos de la mujer de los árboles y de las siete mujeres que paseaban sobre la hierba.

Ya no lograba escuchar la voz de la razón. A su lado latía el pulso de un corazón nuevo. Satisfecho, dejó que el sueño dictara su propio ritmo. Cuando se ponía el sol, se levantaba una y otra vez: bajo la negrura demencial de las estrellas paseaba por los montes mientras el viento le acariciaba el pelo y la nariz. Desde lo alto de los montes salían a la oscuridad los conejos y las ratas consolados por las sombras de la hiriente luz del sol. La mujer se había alzado también en la oscuridad y atrapaba centenares de estrellas y le enseñaba un misterio que pendía y brillaba en las alturas de la noche celestial, más allá de las constelaciones que se abrían al otro lado de los visillos.

Volvió a dormirse y despertó con el día. Mientras se vestía, un perro arañó la puerta. Lo dejó entrar y le acarició el hocico húmedo. Hacía demasiado calor para ser un día de invierno.
La brisa ligera no aliviaba la acidez del calor. Al abrir la ventana, los rayos oblicuos del sol retorcieron sus imágenes en los haces implacables de la luz.

Mientras comía trataba de no pensar en la mujer. Había surgido de las profundidades insondables de la oscuridad. Se había perdido nuevamente, estaba ahogada o muerta. Al resplandor de la cocina impoluta, entre los blancos tablones, los candelabros de bronce, los platos de la alacena y el fragor del reloj y el bullir de la tetera, se sentía atrapado, desgarrado entre el creer y el no creer en ella. Se fijó en las arrugas de su cuello. Vio su carne en el pan recién cortado, y su sangre, que aún fluía por los canales de su misterioso cuerpo, en el agua de la primavera.

Sin embargo, otra voz le repetía que estaba muerta. Era una mujer salida de una historia de locos. Se obligó a escuchar la voz que repetía que había muerto. Muerta, viva, ahogada, en pie. Las dos voces se cruzaban por su cerebro. Se resistía a pensar que se hubiera apagado en ella la última chispa de vida. Está viva, viva, exclamaron las dos voces al tiempo.

Mientras estiraba las sábanas vio un cuaderno y tomó asiento ante la mesa para empuñar con elegancia un lapicero. Por el monte sobrevoló un gavilán. Por delante de la ventana planearon unas gaviotas con las alas distendidas e inmóviles, graznando. En una oquedad, junto a las madrigueras, una rata amamantaba a su retoño mientras el sol se remontaba hacia las nubes. Y él dejó el lapicero.

3

Una mañana de invierno, después de haber rasgado inútilmente el canto del gallo los ámbitos del jardín, la que con él había vivido tanto tiempo resurgió con todo su esplendor de juventud. Había proclamado su voluntad de ser libre y de escapar de la ruta de sus sueños. Si no hubiera estado en el principio, no hubiera habido principio. Cuando él era niño, había danzado ella por su vientre, y había atizado sus infantiles entrañas. Y ahora por fin había hecho él nacer a quien le había acompañado desde el principio. Con él vivieron un perro, un ratón y una mujer de negros cabellos.

4

No es poco, pensó, la escritura que ante mí se extiende. Es la historia de la creación, la fábula del nacimiento. Otro ser se había generado de sí, pero no de sus entrañas, sino de su alma y de su cabeza revuelta. Había alcanzado la casa de la colina donde el ser que llevaba en su interior maduraría, donde iba a nacer lejos de la mirada de los hombres. Entendió que el viento que le traía en volandas el grito de la mujer había hablado en su ultimó sueño. Hazme nacer, había exclamado. Y él había dado el ser a esa mujer. Revestida de su propia carne, la vida recibida le haría ahora caminar, hablar y cantar. Y también supo que era un ser absoluto sobre el papel en que escribiría. Había un oráculo en la punta del lápiz.

Después de comer estuvo limpiando la cocina. Cuando hubo fregado hasta el último plato contempló aquella estancia. En un rincón, junto a la puerta, se abría un agujero del tamaño de una moneda de media corona. Halló un trozo de hojalata y lo clavó para tapar el agujero, de modo que nada pudiera entrar ni salir por él. Se puso el abrigo y salió hacia el mar y los montes.

De la marea que subía saltaban quebradas las aguas hasta caer y encharcar las hendiduras de las rocas. Descendió hasta el semicírculo de la playa y vio que las conchas arracimabas no se rompían bajo sus pisadas. Sintió en un costado los latidos del corazón y volvió la mirada hacia el punto en que las rocas mayores trepaban desafiantes hacia los prados. Y allí, al pie del acantilado, le hacía frente la sonrisa dibujada en el rostro ovalado de la mujer. La espuma salpicaba su cuerpo desnudo y entre los pies le corrían ligeras volutas de agua marina. Levantó la mujer la mano y él cruzó hasta donde ella estaba.

5

Con la fresca del atardecer pasearon por el jardín. Ella mantenía intacta toda su belleza a pesar de haber cubierto su desnudez. Los pies, calzados con zapatillas, se deslizaban con la misma ligereza que si anduvieran descalzos. Tenía su voz la claridad de una campana, y erguía la cabeza con dignidad y elegancia. De paseo por los estrechos senderos, no sintió desacordes los graznidos de las gaviotas. Ella señalaba con el dedo los arbustos y los pájaros, y alumbraba en las alas y las hojas placeres nuevos, una nueva belleza descubierta en el fragor agitado de las aguas contra las guijas, y vida nueva en las ramas muertas de los árboles.

Qué tranquilo es esto, dijo ella mientras contemplaba la oscura acometida del mar en la ribera. ¿Es siempre así de tranquilo?

No, cuando las tormentas coinciden con la marea no siempre es así, contestó él. Los niños juegan por el monte y los enamorados bajan a la orilla.

El atardecer se tornó noche cerrada tan de repente que en el mismo lugar que ella ocupaba se alzó una sombra lunar. La tomó de la mano y juntos corrieron hacia la casa.

Antes de que yo llegara estabas muy solo, dijo ella.

En el hogar crepitó una brasa y él se echó hacia atrás. El movimiento de sus manos manifestó su sobresalto.

Te asustas con facilidad, dijo ella. A mí no me asusta nada.

Pero pensó mejor sus palabras y añadió con voz queda:

Tal vez un día no tenga piernas con que andar ni manos con que tocar ni corazón bajo el pecho.
Mira el millón de estrellas que relucen, dijo él. Forman en el cielo una figura. Son letras que componen una palabra. Alguna noche levantaré la vista y leeré la palabra.

Pero ella le besó y apaciguó sus temores.

6

El loco recordaba las inflexiones de la voz de la mujer, oía de nuevo el susurro de sus prendas y veía la curvatura terrible de sus pechos. En los oídos le atronaba su propio aliento. Una niña en la playa hacía señas a los gorriones. Un niño ronroneaba en alguna parte y acariciaba las negras columnas de un caballo de madera que relinchaba y se tumbaba después plácidamente.

7

Durmieron abrazados la primera noche, unidos en la oscuridad. Las sombras, despojadas de su antigua deformidad, se habían perfilado y recortado gracias a la presencia de la mujer. Y las estrellas los contemplaban y refulgían en sus ojos.

Mañana tendrás que contarme lo que sueñes, dijo él.

Será lo que he soñado siempre, dijo ella. Paseo por la hierba, voy y vengo por el mismo prado, hasta que me sangran los pies. Son siete imágenes de mí misma yendo y viniendo por el mismo lugar.

Ese es mi sueño. El siete es un número mágico.

¿Mágico?, dijo ella.

Una mujer modela un hombre de cera y le clava un alfiler en el pecho, y el hombre muere. Existe un pequeño demonio que nos dice lo que ha de hacerse. Muere una mujer y se la ve pasear. Una mujer se convierte en un monte.

Ella descansó la cabeza en el hombro del loco y se durmió.

Él la besó en la boca y le acarició el cabello.

Ella dormía, pero él no podía conciliar el sueño. Miraba las estrellas en atenta vigilia. Ahogado en terrores, las aguas hambrientas se cernían sobre su cráneo.

Yo, yo tengo dentro un demonio, dijo.

Ella se revolvió al percibir las palabras, pero de nuevo quedó su cabeza inmóvil y yaciente su cuerpo en el lecho frío.

Tengo dentro un demonio, pero yo no le digo lo que ha de hacer. El demonio me levanta la mano y yo escribo, y de las palabras brota la vida. Ella es, por lo tanto, la mujer del demonio.

Ella emitió una queja de satisfacción y se acurrucó junto a él. El cálido aliento de la mujer recorría su cuello, y el pie de ella reposaba en el suyo como un ratón. Observó la belleza de su sueño. Aquella belleza no podía haber nacido del mal. Dios, a quien había buscado en su soledad, había hecho a esta mujer para ser su compañera, de igual forma que había dado antes a Adán aquella costilla de su cuerpo llamada Eva.

Volvió a besarla y la vio sonreír en el sueño.

Dios a mi lado, se dijo.

8

No había dormido con Raquel ni había despertado con Leah a su lado. Tenía en las mejillas la palidez del amanecer. Con la uña acarició suavemente su rostro, y ella no se movió.

Pero no había existido una mujer en su sueño. Ni siquiera un resto de cabellos femeninos se llegó a descolgar del cielo. Dios había descendido en una nube y la nube se había transformado en un nido de serpientes. El mezquino silbido de las serpientes había sugerido un rumor de aguas, y en ellas pereció ahogado. Se había hundido en los abismos, por debajo de los verdes desplazamientos del agua y las burbujas de los peces, en los abismos óseos del fondo del mar.

Allá a lo lejos, detrás de una cortina blanca, se movían las gentes sin más propósito que entonar una retahíla de palabras demenciales.

¿Qué has encontrado bajo el árbol?

Un hombre de aire.

No, no, bajo el otro árbol.

Un feto dentro de un frasco.

No, no, bajo el otro árbol.

Una ratonera.

Se había hecho invisible. No hubo otra cosa aparte de su voz. Cruzó en un vuelo un tramo de jardines y la voz, enredada en una maraña de antenas de radio, le sangraba como si tuviera sustancia propia. Desde unas hamacas, unos hombres escuchaban el tronar de unos altavoces:

¿Qué has encontrado bajo el árbol?

Un hombre de cera.

No, no, bajo el otro árbol.

Tan solo recordaba retazos de frases sueltas, los movimientos de un hombro que se volvía de repente, el rápido vuelo, la caída de las sílabas. Poco a poco, sin embargo, el sentido se iba aproximando a su cerebro. Ya podía traducir todos los símbolos de sus sueños, y alzó el lapicero para que todo quedara claro y firme en el papel. Pero las palabras se le resistían. Y cuando tomó asiento para escuchar más de cerca, el sonido ya no se dejaba oír.

Ella abrió los ojos.

¿Qué estás haciendo?, dijo.

Dejó el papel y la besó antes de vestirse.

¿Qué has soñado esta noche?, le preguntó a la mujer después del desayuno.

Nada. He dormido sin soñar nada. Y tú, ¿qué has soñado? Nada, repuso.

9

El grito de la creación resonaba en el rumor del agua que hería, en los cegadores reflejos de la loza y en las baldosas que ella barría con el candor de una niña chica que barriese su casa e muñecas. Tan solo en ella se extinguía el flujo desbordado de la creación, la majestad trascendente de ser y vivir en los pliegues despreocupados de la carne que recubría todo su cuerpo. Tras los horrores de la interpretación de los símbolos, no podía entender él por qué apuntaba el mar con la cresta de cada una de sus olas a las fértiles y remotas estrellas, ni por qué la agonizante marcha de la luna trasponía aquella escena feroz.

Ella había modelado sus imágenes aquella misma tarde. Se inclinó con levedad y enturbió la luz de la lámpara; en cada uno de los poros de su mano surgía resplandeciente el óleo de la vida.

Y en el jardín recordaron su primer paseo.

Qué solo te sentías antes de que yo llegase.

Qué pronto te asustabas.

De toda aquella belleza, nada se había perdido al cubrir su desnudez. Aunque él hubiera dormido a su lado, ahora le satisfacía conocer su cuerpo. La fue desnudando y luego la amó allí mismo, en un lecho de hierba.

10

El ratón había estado aguardando esa consumación. Entrecerrando los ojos, se deslizó avieso y clandestino por el túnel que nacía en la pared de la cocina, sembrado de pequeños fragmentos de papel a medio roer. Avanzaba por la oscuridad con paso quedo y frágil, y arañaba con sus uñas la madera. Sigiloso, procedía por el recinto abierto entre los muros y saludaba con un chillido a la ciega luz que se filtraba por las grietas hasta limar definitivamente aquel telón de hojalata que le impedía el paso. Despacio, la luz de la luna se iba posando sobre aquel hueco en que el ratón, persistente en su tarea de destrucción, iba ganando terreno a la claridad. Cayó la última barrera. Y ya estaba el ratón sobre las baldosas de la cocina.

11

Esa noche él habló del amor en el jardín del Edén.

Plantaron en Oriente un jardín y Adán fue a habitarlo. Le hicieron a Eva, sangre de su sangre y carne de su carne. Vivían desnudos, como tú en la orilla del mar, pero Eva no pudo ser tan bella. Comieron con el demonio y el demonio los vio desnudos y entonces cubrieron su desnudez. Por primera vez habían reconocido el mal en sus hermosos cuerpos.

Entonces, tú viste el mal en mí, dijo ella, lo viste cuando estaba desnuda. Igual me da estar desnuda que vestida. ¿Por qué cubriste mi desnudez?

No era bueno contemplarla, dijo él.

Pero si era hermosa... Tú mismo has dicho que era hermosa, dijo ella.

No era bueno contemplarla.

Has dicho que el cuerpo de Eva era bello. Sin embargo, dices que no era bueno contemplarme. ¿Por qué cubriste mi desnudez?

No era bueno contemplarla.

12

Bienvenido, dijo el demonio al loco. Mírame bien. Crezco y crezco sin cesar. Observa cómo me multiplico. Mira mis ojos tristes, mi griega mirada. Y el deseo vehemente de nacer en mi torva mirada. ¡Qué divertido!

Soy el muchacho del manicomio, el que arranca las alas a los pájaros. Recuerda los leones que murieron crucificados. ¡Quién sabe si no fui yo mismo quien abrió la puerta del sepulcro para que Cristo saliera!

El loco, sin embargo, había escuchado esa bienvenida una y otra vez. Desde aquel atardecer del segundo día que siguió al amor en el jardín, desde el día en que le había dicho a la mujer que no era bueno contemplar su desnudez, había escuchado esa bienvenida y había visto que aquellas palabras, desprendidas de un arco de lluvia, habían ardido en el mar. Con el resollar de la primera sílaba en los oídos, él ya había comprendido que nada lo podría salvar, y que el ratón asomaría tarde o temprano.

Sin embargo, el ratón ya había salido.

El loco dio un grito a la niña que hacía señas a los pájaros: una bandada se había posado muy apiñada en una rama.

13

¿Por qué cubriste mi desnudez?

No era bueno contemplarla.

Entonces, ¿por qué no, no, bajo el otro árbol?

No era bueno, encontré una cruz de cera.

Y mientras ella le preguntaba aturdida y con dulzura por qué aquel a quien ella tanto amaba encontraba impúdica su desnudez, él sentía que los fragmentos quebrados de una vieja endecha se interponían en la pregunta.

Entonces, ¿por qué no?, decía ella, ¿no bajo el otro árbol?

Se oyó a sí mismo contestar:

No era bueno, encontré una espina que hablaba.

Las cosas reales e irreales mudaban de lugar y cuando un pájaro rompió a trinar sintió que en aquella garganta se escondía un primer balbuceo de la primavera.

Ella se alejó con una sonrisa en la que aún se dibujaba una pregunta y, pasando la cresta de una loma, desapareció en la penumbra, allí donde la figura silueteada de una casa de campo semejaba otra mujer. Luego regresó diez veces más con diez aspectos diferentes. Con su aliento le acariciaba la oreja, con el dorso de la mano rozaba la frialdad de sus labios, y a lo lejos, a una milla, encendió las luces de la casa.

Contemplando las estrellas se hizo de noche. El viento atravesaba la noche nueva. De improviso se oyeron los gritos de un pájaro que sobrevolaba la espesura y el ulular hambriento de una lechuza en el bosque lejano.

El gran ojo verde y oriental de Sirio contradecía los latidos de su corazón. Se cubrió los ojos con la mano, pues así no le deslumbraría la estrella, y se encaminó con toda calma hacia la lucecita que brillaba en los alrededores de aquel hogar. Era la unión de todos los elementos: viento, fuego y mar, amor y desamor, todos enhebrados en un círculo a su alrededor.

La mujer no estaba sentada junto al fuego, plegado el vestido y sonriente, según la había imaginado. Pronunció su nombre desde la escalera. Se acercó hasta el dormitorio desierto y luego la llamó por el jardín. Había desaparecido: todo el misterio de su presencia había abandonado el ámbito del hogar. Aquellas sombras que había creído ver desvanecerse en el momento en que ella apareció poblaban ahora los rincones con un murmullo de voces femeninas. Mientras subía las escaleras, las voces de las sombras se hicieron cada vez más penetrantes, y el lugar todo reverberaba con ellas y ya no podía escucharse el viento.

14

Se había dormido con lágrimas en las mejillas y el dolor en el alma. Había llegado por fin a aquel mismo hueco de nube donde su padre solía sentarse.

Padre, dijo, he recorrido el mundo entero en busca de algo que valiese la pena amar, pero ya he desistido y solo voy vagando de un lugar a otro, y entre horribles gemidos reconozco en la voz de las ranas y los vencejos mi propia voz repugnante, distingo mi propio rostro en el rostro enigmático de las fieras.

Extendió los brazos esperando que descendiera la palabra desde aquella vieja boca escondida tras la blanca barba de lágrimas heladas. Suplicó al viejo que le hablase.

Háblame a mí, a tu hijo. Recuerda nuestras lecturas de los clásicos en las azoteas. Recuerda cómo tañías el arpa irlandesa hasta que los gansos, los siete gansos del judío errante, se alzaban graznando por el aire. Háblame, padre, soy tu único hijo, el hijo pródigo que se fue de los herbazales de los pueblos pequeños, que se fue del olor y el murmullo de las ciudades, de los desiertos de espinas y de los mares profundos. Eres en hombre sabio y viejo.

Seguía suplicando la palabra del viejo, pero al acercarse a él y contemplar su rostro, distinguió entre la boca y los ojos un tinte de muerte, y un nido de ratones en la espesura de su barba helada.

Volar era una locura, y sin embargo voló. Era una locura de la sangre ser invisible, pero él lo era. Razonaba y soñaba irracionalmente a la vez, sabedor de sus flaquezas y de la locura de volar, a pesar de lo cual no tenía la fortaleza necesaria para conquistarla. Voló como un ave sobre los campos, pero pronto desapareció el cuerpo del ave, y él pasó a ser una voz voladora. Lo atrajo una ventana abierta por el aleteo de los postigos, tal como atrae un espantapájaros al ave sabia, con el estremecerse de los harapos, y se coló por la ventana hasta detenerse en una cama, junto a una muchacha durmiente.

Despierta, muchacha, le dijo. Soy tu amante que llega de noche.

Ella despertó al oír su voz.

¿Quién me llamaba?

Yo te llamaba.

¿Y dónde estás?

Te hablo al oído desde la almohada en que apoyas la cabeza.

¿Quién eres?

Soy una voz.

Deja de hablarme al oído y salta a mi mano, que pueda tocarte y acariciarte. Salta a mi mano, voz.

Se tendió quieto y cálido en la palma de su mano.

¿Dónde estás?

En tu mano.

¿En qué mano?

En la izquierda, la que tienes sobre el pecho. No cierres el puño, o me aplastarás. ¿No sientes mi calidez en tu mano? Estoy junto a la base de tus dedos.

Háblame.

Yo tuve un cuerpo, pero siempre fui una voz. Tal como soy en verdad, vengo a ti en la noche, una voz en tu almohada.

Sé quién eres. Eres la voz quieta y susurrante a la que no debo escuchar. Me han dicho que no haga caso de esa vocecilla quieta y susurrante que habla en la noche. Es perverso escucharte. No debes volver por aquí. Ahora debes marcharte.

Pero yo soy tu amante.

No debo escucharte, dijo la muchacha, y de pronto cerró el puño con fuerza.

15

Podía ir al jardín sin hacer caso de la lluvia y enterrar la cara en la tierra mojada. Con las orejas apretadas contra el suelo, sintió que el gran corazón que latía bajo el mantillo y la hierba se tensaba justo antes de romperse. En sueños hablaba con cualquier silueta: Álzame. No peso más de cinco kilos. Soy liviano. Tres kilos. Uno. Se me ve la columna por el pecho. El secreto de la alquimia que había tornado la pequeña rotación de los sentidos sin equilibrio en momentos dorados se había perdido tal como se pierde una llave en la maleza. En plena noche se confundió un secreto, y la confusión de la última locura que precede a la muerte descendería sobre su cerebro como un animal.

Escribió sobre el papel sin saber lo que escribía, temeroso de las palabras que lo miraban y que no podría olvidar.

16

Y eso es todo lo que hubo: había nacido una mujer no de las entrañas, sino del alma y de una idea que rotaba. Y el que de la nada le había dado el ser y la extrajo de las tinieblas amó su creación, y esta le amó a él. Pero eso es todo lo que hubo: a un hombre le aconteció un milagro. Se enamoró del milagro, pero no pudo retenerlo a su lado, y el milagro se esfumó. Y con él habitaban un perro, un ratón y una mujer oscura. La mujer se marchó un día y el perro murió.

17

Enterró al perro en una punta del jardín. Descansa en paz, dijo al perro muerto. La fosa era poco profunda, y las ratas que habitaban en las galerías del subsuelo mordisquearon el saco en que lo había amortajado.

18

Por las aceras de la ciudad vio el paso errante de la mujer, firmes sus pechos bajo un abrigo en el que se habían prendido los cabellos canosos de los ancianos. Su vida, él lo sabía, era cuestión de pocos días. Su primavera había pasado con él. Al cabo del verano y el otoño, la edad profana que separa la vida de la muerte, llegaría el hechizo retorcido del invierno. El que conoce las sutilezas de toda razón y percibe a las cuatro unidas en todos los símbolos de la tierra perturbará la cronología de las estaciones. Era preciso que no llegara el invierno.

19

Considérese ahora la antigua efigie del tiempo, su luenga barba encanecida por un sol egipcio, sus pies descalzos y bañados en el mar de los Sargazos. Obsérvese cómo arremeto contra nuestro personaje. He detenido su corazón. Se ha partido en dos como un orinal de loza. No, esto no es la lluvia. Es la mojadura de su corazón rajado.

El parhelio y el sol refulgen en el mismo cielo con la luna rota. Aturdido por la persecución a que somete el sol a la luna y por el parpadeo de tantísimas estrellas, subo las escaleras corriendo para volver a leer aquello del amor de un hombre por una mujer. Tropiezo al ver el agujero como una moneda de media corona en la pared de la cocina, perforada de golpe, y las huellas de un ratón por el suelo.

Considérense ahora las antiguas efigies de las estaciones. Rómpase el ritmo con que se desplazaban las antiguas figuras, el trote de la primavera, el galope del verano, la triste zancada del otoño, el paso arrastrado del invierno. Rómpase pieza a pieza el continuo transformarse del movimiento hasta que se torne un andar desenvuelto.
Considérese el sol, para quien no tengo más imagen que la vieja imagen del ojo enrojecido, y la luna rota.

20

Poco a poco fue disminuyendo el caos, y las cosas del mundo exterior dejaron de transformarse en las formas de sus pensamientos. A su alrededor reinaba cierta paz, de nuevo se oía la música de la creación que trepidaba sobre las aguas cristalinas y bajaba desde el cielo sagrado hasta los húmedos confines de la tierra, donde fluía el mar. La noche cayó despacio y el monte ascendió hasta las estrellas que aún no habían salido. Volvió el cuaderno y sobre la última página escribió con letra clara:

21

Murió la mujer.

22

Hubo dignidad en tal asesinato. Y el héroe que llevaba dentro se hinchió con toda su fuerza y toda su bondad. Lisa y llanamente, el que había dado el ser a la mujer y la extrajo de las tinieblas volvía a llevársela. Lisa y llanamente, ella debía morir sin saber qué mano celeste le había arrebatado la vida.

Echó a caminar cuesta abajo, a paso lento, como en una procesión. Sus labios sonreían ante el mar siniestro. Llegó a la orilla y notó que el corazón le latía con fuerza; se volvió a contemplar las rocas mayores, que ascendían peligrosamente hasta el ribazo de hierba. Al pie del promontorio, vuelta hacia él, yacía ella sonriente. El agua del mar bañaba sin estorbos su desnudez. Él avanzó hacia ella y le rozó con las uñas las frías mejillas.

23

Acostumbrado al último y doloroso pesar, estaba de pie ante la ventana abierta de su habitación. Y la noche era una isla en un mar de misterio cargado de significados. Y la voz de la noche era una voz de resignación. Y la cara de la luna era la cara de la humildad.

Conocía el último portento antes de la muerte y el misterio que desconcierta y aúna los cielos y la tierra. Sabía que no había sido capaz de mantener intacto su milagro ante el ojo de Dios y el ojo de Sirio. La mujer le había enseñado que vivir es maravilloso. Ahora que ya conocía qué maravilla, qué placer era la sangre en los árboles, qué hondo era el pozo de las nubes, debía cerrar los ojos y morir. Abrió los ojos y contempló las estrellas. Era un millón de estrellas que deletreaban una misma palabra. Y la palabra de las estrellas estaba impresa con claridad en el firmamento.

24

A solas en la cocina, entre las sillas y la loza rota, el ratón había salido del agujero. Descansaba con liviandad las garras en el suelo pintado de grotescas siluetas de muchachas y de aves. A hurtadillas, volvió a colarse por el agujero y siguió excavando entre las paredes para abrirse camino. En la cocina no se oía otra cosa que los arañazos del ratón contra la madera.

25

Trinaban sin cesar los pájaros en los aleros del manicomio. El loco, con el rostro aplastado contra los barrotes, junto a los nidos, aullaba al sol.

En un banco, a cierta distancia del sendero principal, una niña llamaba a los pájaros, mientras en un rectángulo de hierba bailaban tres ancianas cogidas de las manos, alegres y bobaliconas, al son de la música de un órgano italiano llegado del mundo exterior.

Ha llegado la primavera, dijeron los guardianes.




Relatos completos (Hacia el comienzo)
Traducción de Miguel Martínez-Lage
Foto: Dylan Thomas Writing Room, Wales, UK, by Mark Nelson (Corbis)



Ignoria Patricia Damiano - Isaías Garde
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