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La montaña mágica - Thomas Mann


EnelTintero

EnelTintero


Martes 24-Mar-09 | 2259 Visitas | 0 Comentario(s)

Este mensaje ha sido extraído de http://mislibros-andromeda.blogspot.com
Editorial Edhasa, 2008.
http://1.bp.blogspot.com/_LWBvf8x34us/ScgchZ41F_I/AAAAAAAAAt8/4FemvhzOjAI/s320/La+monta%C3%B1a+m%C3%A1gica-Mann.bmp

Traducción de Isabel García Adánez.
Thomas Mann, escritor Alemán (1875 - 1955); Premio Nobel 1929.

Esta obra monumental inicia con las descripciones del paisaje en el trayecto de Hans Castorp hacia Davos Platz, en los Alpes suizos, entremezclando la visión de los desfiladeros abismales con las reflexiones del narrador y del protagonista, quien quiere cambiar de vida al menos por unas semanas: "sentirse transportado a regiones donde no había respirado jamás". En ese lugar visitará a su primo Joachim, un joven militar que anhela su pronto retorno a las filas, pero que se encuentra en tratamiento debido a la tuberculosis.
Algunas ideas, como la del olvido a través del tiempo y la distancia, me llamaron especialmente la atención; se dice que el tiempo en la montaña transcurre de otra manera. Parte de lo que hace la diferencia es el sanatorio Berghof, así como la enfermedad de los que habitan ahí.
Se narra que Hans quedó huérfano desde pequeño (muy pronto comienza a enfrentarse a la muerte) pero que logra sortear cualquier adversidad, crecer entre buenos tratos y todas las comodidades propias de una vida burguesa, a la que se encuentra muy apegado.
Tras llegar a su destino, el protagonista se enfrentará con una buena cantidad de personajes, entre los que destacan los filósofos Settembrini y Naphta, la rusa Clavdia (en quien concreta sus aspiraciones amorosas), el interesante doctor Behrens y el enigmático Peeperkorn, dueño de una personalidad insustancial y atrayente; objeto de interesantes comentarios y “análisis”:
"Sin embargo, distinguir la estupidez de la inteligencia a veces constituye un auténtico misterio".
Se trata de un sanatorio de ninguna manera considerado como un sitio para sufrir (indudablemente se trataba de un lugar de lujo, sólo asequible para quien pudiera costearlo), pese a la evidente tragedia -apenas oculta mediante una vasta red de sutilezas- continuamente acontecida entre sus paredes. De cualquier manera, el dolor de los más enfermos se empieza a revelar muy pronto y de manera desgarradora.
Entre todas las situaciones que se van dando, la presencia del humanista italiano Settembrini es determinante para dar a la novela una dimensión especulativa. El autor enriquece la trama con consideraciones que bien pueden estar puestas en boca de este personaje y sus interlocutores (principalmente) o en la voz del narrador.
La relación con la música también se enfoca en estas páginas a mostrar la influencia positiva o negativa que puede tener en el comportamiento del hombre, y en su posible carga moral.

Más adelante, Hans Castorp parece haber enfermado realmente, aunque él mismo aclara, en un primer momento, que no es su adaptación a ese medio lo que le hace sentirse mal, sino la plena convivencia con las personas del sanatorio. De cualquier manera, la corta estancia planeada se transformará en siete años de permanencia en la montaña.

Un asunto importante, que se retomará constantemente en esta obra, es el referente a un recuerdo escolar muy especial: la figura Pribislav Hippe que predominó durante un tiempo en sus pensamientos, y que ahora se relacionará con Clavdia Chauchat, una de las pacientes, de la cual Hans está "perdidamente enamorado". En su relación con ella, lo perceptivo supera cualquier aspecto tangible. El joven se encuentra tan vulnerable con respecto a esta situación tan intensa y al mismo tiempo subjetiva, que no le importa que los demás se percaten de su agitación interior. El detalle de querer enfermar para identificarse con ella en todo lo posible, indica que no sólo el tiempo adquiere otra dimensión en ese lugar, ya que las emociones se maximizan y los detalles más nimios se perciben con fuerza inusual.

Una y otra vez volverá la idea de la medición del tiempo, aunque es comprensible que en esa situación tan insegura y vacilante, cobrara otra dimensión. Entre estas incesantes reflexiones, destaca, desde mi punto de vista, una que habla de los periodos que realmente se disfrutan y que se recuerdan especialmente; de lo enriquecedor que supone una nueva experiencia, mientras que lo rutinario hace que veamos el pasar del tiempo de manera tan similar, que largos periodos pueden pasar desapercibidos. En esta misma línea, el asunto de los procesos cíclicos que se dan de acuerdo a las estaciones, me llevó a pensar en la realidad de que todo se repite una y otra vez. Me encantó la comparación que se hace con un carrusel.
"No existe el movimiento direccional, no existe la duración en ninguno de los puntos, y la eternidad no consiste en una línea que siempre apunta hacia delante, sino en un carrusel... ¡Un carrusel!"
En cierto punto Hans y Joachim son invitados por el doctor Behrens a admirar su colección artística, de lo que deriva una extensa charla sobre anatomía, preámbulo perfecto para la parte siguiente, en la cual se hacen una serie de observaciones sobre la vida. En estas páginas los cuestionamientos aparecen sin cesar y se ramifican en observaciones que van desde la generación espontánea hasta los procesos infecciosos. La parte final es preciosa: Hans, de manera simbólica, toma plena conciencia de su propio ser.
Después, charlando con Clavdia, Castorp logra derramar toda la emoción contenida y acumulada en un diálogo que al final se diluye en una especie de monólogo interior. Me pareció que el coloquio era, en cierto sentido, como de antiguos enamorados, ya que ambos sabían muy bien a qué se refería el otro. Tal vez por influencia de Settembrini, el nivel espiritual y razonador de Castorp alcanza otra dimensión (él mismo dice que "allá abajo" jamás se hubiera cuestionado ciertas cosas). Joachim, en cambio, se encuentra muy enfermo y el ideal de continuar con la vida militar es su mayor sostén.
En este punto aparece Naphta, jesuita reaccionario e intolerante, que se convertirá en parte crucial de la narración, principalmente por sus conversaciones con Settembrini. En muchas de ellas se disputarán la atención de Castorp, tratando de orientarlo hacia sus respectivos puntos de vista, relacionados con innumerables tópicos y sus matices (esencialmente centrados en la religión, la literatura, las relaciones Iglesia-Estado y conceptos éticos, entre otros).
El subcapítulo Nieve es precioso, muy poético (uno de mis favoritos):
"A mediodía, el sol hacía esfuerzos por abrirse camino entre la niebla, como si quisiera disolverla en el azul. Pero estaba lejos de conseguirlo, a pesar de que, por unos momentos, llegaba a verse un trocito de cielo azul, y esa pincelada de luz bastaba para hacer brillar con reflejos de mil diamantes el paisaje mágicamente transfigurado por la aventura de la nieve."
El tema recurrente del hombre frente al esplendor de la naturaleza se retrata aquí de manera extraordinaria. La presencia de la muerte ante el peligro que rodea a Castorp, quien había decidido salir a esquiar (a pesar de que estaba prohibido), no deja de manifestarse en sus pensamientos, contrastándolos también con la fuerza vital que ruge en lo más profundo de sí mismo. El análisis de las reacciones ante el peligro son fascinantes. La imaginación de Hans lo transporta a lo opuesto, al mar vivificante (no menos estimulante que la nieve), en una cautivadora abstracción onírica. En este caso, la idea del tiempo se hace presente a través del aspecto imaginario que lo traslada a unas situaciones cuya vastedad no resulta comprensible frente al intervalo que marca el reloj.

Por otra parte, Naphta y Settembrini continúan descalificándose continuamente, llevando sus posturas al extremo. Discusiones sobre la esencia de la literatura, las logias, su evolución y la supuesta modernidad que han adquirido (a la que se adhiere Settembrini) son llevadas al extremo. El propio narrador habla de confusión y tergiversación en sus teorías, y de que "los principios y argumentos se oponían constantemente". Lo cierto es que las ideas de la época atravesaban por un proceso de transformación muy intenso.

Cierta conversación entre Hans y Clavdia me gustó especialmente porque él expone su punto de vista acerca del amor (y su relación con la muerte):
"Pero el amor irracional es genial, porque la muerte es el principio genial, y también es el principio pedagógico, porque el amor a ese principio conduce al amor por la vida y por el hombre. Hay dos caminos que llevan a la vida. Uno es el camino ordinario, directo, honorable. El otro es peligroso, es el camino de la muerte, y ése camino es genial.”

En el subcapítulo Anestesia de los sentidos, se da una transformación radical en el ritmo de la narración, ya que Hans se encuentra hastiado. La pérdida de su primo Joachim y el hecho de que Madame Chauchat abandone el sanatorio por segunda vez, entre otras cosas, dejan a Hans con la sensación de que “algo fallaba en aquella vida y en aquel mundo”.
En las páginas siguientes, el gramófono toma el protagonismo y Hans se deleita a través de la música: las imágenes que va recreando en su mente a través de la ópera y las sensaciones que propician, otorgan una dimensión extraordinaria a esta afición, por lo que la experiencia musical se convierte en pieza clave para el desarrollo de otros acontecimientos que aquí resultarían muy extensos de relatar.
Después comienza de lleno la Hipersensibilidad, manifestada a través de diversos conflictos, ánimos exaltados y susceptibilidades que hasta ahora se exteriorizan de forma generalizada.
La pareja Naphta/Settembrini retorna al caldeado panorama. El primero cada vez más agresivo, malintencionado y extremista, “un tipo diabólico” con “un ansia desaforada de sembrar la discordia, el recelo y la confusión”. En este momento el tradicionalista Naphta se encuentra muy afligido por eventos que podrían tener relación con la enfermedad, con el descontento ante las ideas de modernidad (todo el libro ha atravesado por la pugna entre el pensamiento del pasado y las ideas del momento que van transformando aceleradamente la concepción del hombre y del mundo). Settembrini, en cambio, se presenta más humano, progresista y agradable que nunca. Tras otro lapso de debate verbal, surge uno nuevo, muy terrenal, que se expondrá a través de un duelo y sus inesperadas consecuencias.

Al final observamos a un Hans Castorp que, de acuerdo a los últimos acontecimientos, había ido perdiendo interés por el entorno, por la vida e incluso por su conexión con el mundo de abajo. Ya no tenía reloj o calendarios y se encontraba sumido en un estado de suspensión de la que sólo pudo escapar gracias a las tensiones propias de la época, para lanzarse a la guerra.
La pregunta con que cierra la obra “¿Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?", me remite a esa bacanal de la muerte (no belicosa) presenciada durante su estancia en Berghof, y a citar expresiones que hablan por sí mismas:
“Hay dos caminos que llevan a la vida. Uno es el camino ordinario, directo, honorable. El otro es peligroso, es el camino de la muerte, y ése camino es genial.”
“Se marchaba a la guerra; el ritmo cambiaba y se tornaba agitado, y atrás quedaban sus preocupaciones y sus penas porque no pensaba sino en lanzarse al fragor de la batalla como buen caballero.” (Sobre una de las piezas operísticas.)

La montaña mágica es una obra excepcional, de la cual no se debe esperar una lectura del todo sencilla, ya que se requiere cierto grado de atención para penetrar en las conversaciones filosóficas que sostienen los personajes y en la idea de un tiempo que pocas veces cobra sentido y que se ve anquilosado por ese pequeño mundo rutinario -en muchos aspectos también vano, infructuoso y en cierta forma representativo del real- en cual se encuentra suspendido.



http://3.bp.blogspot.com/_LWBvf8x34us/SciETOtQORI/AAAAAAAAAuc/CUCTNktyC_Q/s400/Davos+Platz.jpg

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