Antonio conoció su talante más perverso por accidente, hasta entonces había negado todo el pasado tenebroso de mi abuelo, como si la simple negación exonerara a mi padre de tan terribles preferencias.
Sucedió en un día gris sin lluvia, cuando de la vivienda de un séptimo piso salía humo por las ventanas, y un olor a quemado, acre y sintético, descendía por las escaleras. Nosotros vivíamos en un primer piso, por lo que de un modo natural recibimos la advertencia del peligro cuando el incendio estaba muy avanzado.
—¡Antonio! —gritaba mi madre sin contener la histeria—. ¡Coge lo más importante y corre hacia la calle!
Carmen me apretaba contra el pecho, y es que, muy a su pesar, sólo tenía dos manos. De buena gana hubiera vaciado los cajones en busca de las joyas, las pocas reliquias heredadas de la familia; el dinero para llegar a final de mes, y las fotos.
—¡Espabílate! —chilló sin esperar respuesta.
El instinto maternal le empujó escaleras abajo en busca de espacios abiertos en los que mis pulmoncitos no se llenaran de las toxinas que flotaban en el aire.
“Lo más importante…” se decía Antonio. Menuda cuestión tenía que solventar. “¿Qué es lo más importante? ¡La tele!, todavía quedan seis meses para terminar de pagarla”. Y es que a principios de los setenta, un televisor a todo color, amén de tener un tamaño exuberante, era de un precio prohibitivo.
Un relámpago de intuición alumbró su pensamiento, en el preciso instante en que trataba de izarla con las manos, y aquello no se movía. “No, Carmen se enfadará… Que si sólo pienso en mí, que si sólo tengo el futbol en la cabeza… Además la lavadora tiene ruedas, creo”. Y Antonio corrió hacia la cocina.
Allí la vio, impasible en el incesante trabajo de remover la ropa en el tambor, ignorante de que sus circuitos eléctricos se quemarían igual de bien que una persona en el incendio. Trató de sacarla del hueco en el que estaba encastrada, pero la dichosa máquina no se movió ni un centímetro.
Y es que no había heredado la corpulencia de Ambrosio, su padre… “y que está llena de agua y ropa”, se excusó sintiéndose estúpido.
Un gemido le llegó de sus zapatos. “Coco”, un yorkshire terrier enano, le miraba con ojos tristes sentado a sus pies. “Cógeme, yo no peso nada” suplicaba el animal, muy consciente del peligro que acechaba.
—Está bien.
Se agachó para coger al perrito, pero de un salto se arrojó a sus brazos. Los lametazos de una lengua diminuta agradecían el rescate con impaciencia.
Salió de casa cerrando la puerta con llave, una costumbre que ni en circunstancias peligrosas podía dejar de cumplir. “Ya está, tengo lo más importante” y corrió hacia el portal. En el primer recodo de las escaleras detuvo la carrera. Recordó que había dejado algo verdaderamente importante en casa. “Coco” protestó con un ladrido el cambio de dirección.
Antonio tuvo que introducir tres llaves en cerraduras de tres vueltas; en penumbras, porque los bomberos habían cortado la electricidad de todo el bloque, y escuchando los golpes que daban los últimos vecinos que trataban de no rodar escaleras abajo.
Al fin la puerta se abrió. Corrió hacia el dormitorio, y sin soltar a “Coco” rebuscó en el interior del altillo del armario ropero. Sus dedos tropezaron con una caja de madera oculta entre sábanas y fundas de almohadas. Antonio suspiró, en su interior un acolchado protegía el violín que había pertenecido a su padre, y antes que él, a su abuelo.
—¿Por qué has tardado tanto ?—acusó Carmen en cuanto le vio salir a la calle—.¿Esto es lo más importante, Antonio? —añadió despegándose del abrazo.
—Bueno, intenté llevarme la tele, y después la lavadora… pero es que no tenían ojos, y “Coco” no dejaba de mirarme.
—Ah —reprochó—. Y el violín es para ponerte a pedir en una esquina, ¿verdad? Porque dudo mucho que en la academia autoricen un anticipo, si perdemos el dinero y las joyas.
Antonio torció los labios, reconoció que una vez más su mujer tenía razón, como siempre. ¿Cómo permitiría a esa gran mujer, su esposa, que sobrellevara miserias y penurias? La amaba incondicionalmente, tal vez porque tenía la habilidad de sacar lo mejor que llevaba dentro, haciéndole creer en la bondad de la naturaleza humana. Bondades que no se reflejaron en sus efectos, digamos, más mundanos, porque a pesar de que llevaba más de quince años trabajando, como profesor de música en una academia privada de renombre, apenas había acumulado beneficios laborales.
Era el más brillante de todos, la pasión por la música la llevaba en la sangre; una vocación relegada a la enseñanza porque, a pesar de que participó en todas las convocatorias para optar al cargo de director de orquesta, nunca logró su objetivo. Siempre había candidatos más cualificados, de lustrosos apellidos que abrían puertas. Las mismas que sistemáticamente a él se le cerraban.
Antonio desoyó las advertencias de los bomberos de no entrar en el edificio, de hecho, una persona en su sano juicio, al observar las...
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