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Confesión

Mis primeros contactos con la literatura fueron los exquisitos libros de Gabriel García Márquez; claro todo comienza por casa, y hoy recuerdo como si fuera ayer títulos como: “El coronel no tiene quien le escriba”, “El rastro de tu sangre en la nieve”, “doce cuentos peregrinos”, “crónica de una muerte anunciada” y por supuesto “viaje por los países socialistas”; para cuando me leí completamente algunos de sus libros quería emprender tres cosas firmemente: Leer, escribir y viajar.

Cosa que hice con decisión firme, y a la vuelta de un año ya emigraba a mi primer destino fuera de mi tierra: Ecuador. Después de haber apelado por una beca, llegue a una institución donde pude estudiar 4 años teología; Recuerdo muy bien que la malla curricular era tan hermética, que decidí también poner parte de mi y ser autodidacta en los temas que la carrera me omitía: filosofía y literatura existencial.

En el lugar donde estudie existía una biblioteca de más de 150 mil volúmenes, un océano completo de conocimiento para los sedientos de intelectualidad; no existía otro lugar que considerara más placentero que la vieja biblioteca “James y Virginia Beaty”, nombre que le pusieron al recinto en honor a dos misioneros americanos, bueno aparte de misioneros fueron grandes donantes, y eso si que merece una placa en cualquier lugar, creo que hasta con una fuente artificial les honraron.

En fin mientras todos tenían novias o novios, mientras se preocupaban por comer, vestirse y hacer tareas, yo me sustraía en el mundo que giraba alrededor de mí en la biblioteca. Si alguien me necesitaba sabían dónde me encontraba, y aun después de que cerraban la biblioteca me sentaba en los escalones de la misma a continuar con mis lecturas de escritores españoles, europeos, latinos y americanos entre otros.
En una mano tenia libros teológicos, y en la otra mano de filosofía, pero en el corazón la literatura latía como una pasión que me consumía constantemente.

Muchas cosas sucedieron durante mis 4 años de estudio, muchas anécdotas, muchas conclusiones; experimente por primera vez un círculo de amigos de todas partes del mundo.
Hay una anécdota en particular que me parece que vale la pena contarla y es la paradoja de Leo:

Leonardo un chico que le gustaba hacer parodias de todos, y que cuando se las hacían a él se enojaba, hizo un dibujo describiéndome. No podre olvidarme tan fácilmente de esa imagen. El retrato que me hizo era más o menos parecido a la única imagen que se conoce del filósofo Danés Soren Kierkegaard de perfil, solo que sin la joroba y en vez de bastón, el chico que me dibujo puso allí varios libros en mis manos.

Me reí por mucho tiempo, aunque este sentimiento risible duro poco, ya que una chica inocente le hizo una broma a Leonardo el chico que me retrato, y este por venganza se fue de la institución y se caso con la primera mujer que apareció.

La broma no era nada mas, que el destape de un secreto en público; Leonardo poseía solo un testículo, le habían imputado uno a causa de una rara enfermedad, y el único que le quedaba debía sostenérselo con un pequeño arnés; así que él un día le confió su secreto a ella, pero ella lo dijo delante de todos.

Se acabaron las bromas en la institución y se luego se generaron otro tipo de ideas para darle la bienvenida a los nuevos o “primíparos” de la universidad; bueno este tema es como dicen popularmente “harina de otro costal”.

Vivir en ese campus, donde estuve 4 años fue toda una experiencia, yo le llamaba al lugar “La pequeña Atenas”, teníamos, en mí pensar, todas las instituciones juntas, la iglesia, el cementerio, la universidad y la oficina del decano con sus propias leyes humanas y divinas que luego caerían como un torrente sobre los estudiantes.

Con todo esto el tiempo que viví en el campus, me permitió experimentar mi primer amor, un amor que fusiono al señor García de Diego y al señor libro, una química perfecta que me llevo a otras dimensiones durante mucho tiempo. Meterme en el libro era salirme de la realidad, salir del libro era salir de la realidad.

Mi deber primario era responder a la demanda de toda esa malla curricular teológica: historia del pensamiento cristiano, hebreo, griego, hermenéutica, exegesis etc., tragarme todas esas teorías alemanas, griegas, romanas, españolas, y latinas. Mi segundo deber era ser un buen cristiano, ósea trabajar en el campus arreglando los jardines; realmente este oficio era para los castigados, pero lo acepte sin ser castigado jamás, a excepción del segundo año cuando un chico peruano me rompió la boca de un cabezazo mientras me dirigía para mi baño matutino y reglamentario.

El único motivo que me mantenía en el oficio de jardinería era el saber que David Thoreau había sobrevivido mucho tiempo trabajando como jardinero para alguien en Concord (Massachusetts).

Por lo demás si era una obra digna o indigna para los ojos de alguien no me importaba, ya que mis objetivos no estaban centrados en hacer juic...

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Por: garciadediego  |  Comentarios: 0  |  Visitas: 61  |   Viernes 29-Ene-10  |  estrella grisestrella grisestrella grisestrella grisestrella gris 0 voto(s)

Tags: confesion, experiencias, vida literaria




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